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La vacuna de Schuman

11/05/2020 - 16:35
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La UE surge así de lo mejor de la civilización occidental: la filosofía crítica, la duda metódica, la capacidad de reconocer y rectificar errores.

Embajador Pelayo Castro, Embajador de la Unión Europea en Nicaragua

Este 9 de mayo no fue un Día de Europa cualquiera. No festejamos. Europa llora sus muertos, cura sus enfermos y lame sus heridas, mientras moviliza todos sus recursos sanitarios, sociales, científicos, económicos, solidarios y diplomáticos para hacer frente a la pandemia. El Día de Europa nos obliga a reflexionar, redoblar nuestros esfuerzos para salvar vidas y escuchar el dolor de nuestros ciudadanos y hermanos a lo largo y ancho del mundo.

La pandemia nos pone en estado de alerta, pero también debe ayudarnos a comprender la Declaración Schuman, que conmemoramos cada 9 de Mayo, y que cumple 70 años. ¿Acaso puede ayudarnos hoy esa vieja declaración? Sí, esa anciana y sencilla proclamación es furiosamente actual, pues contiene los anticuerpos que tanto necesitamos.

El 9 de mayo de 1950, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, llamó a la unidad de las naciones europeas “para hacer de la guerra no solo algo impensable, sino materialmente imposible”. ¿Cómo? Aprendiendo de nuestros errores al servicio de la paz y de la mano de una solidaridad concreta y pragmática: sometiendo la producción del carbón y del acero —alimento de la guerra— a la cooperación entre países bajo una autoridad supranacional. Nacía así una semilla de esperanza entre las cenizas de la barbarie. Rubén Darío dejó escrito algo que sentimos hoy a flor de piel: “No hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Frente al dolor de dos guerras mundiales y más de 50 millones de muertos, Europa fue, por fin, consciente: la integración europea es la paz. Haciendo de la necesidad virtud, “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar solidaridades de hecho”.

La UE surge así de lo mejor de la civilización occidental: la filosofía crítica, la duda metódica, la capacidad de reconocer y rectificar errores. Por eso, no ha de extrañarnos que la UE se examine a sí misma de manera ruidosa, transparente y continuada. No, no es casualidad que la UE haya nacido y crecido a golpe de crisis. Desde la II Guerra Mundial, cuando los europeos hemos padecido una crisis, y han sido muchas, nos hemos dado cuenta de que no existían soluciones estrictamente nacionales. La UE no se dedica a la gestión de crisis. La UE es, en sí misma, gestión de crisis.

No se puede superar una pandemia de esta magnitud sin la verdad de la ciencia, la autocrítica y la solidaridad de hecho (y no de palabra). La sanidad siempre ha sido una competencia nacional, y no debe sorprendernos que la respuesta europea al principio fuese vacilante y descoordinada, centrada en los instintos de protección de los estados. Pero también debemos reconocer que la UE ha rectificado y está desplegando un frente global de acciones sanitarias, sociales, económicas y diplomáticas sin precedentes. Hemos entendido, como ha señalado el alto representante Josep Borrell, que esta es “una prueba existencial” y que, como ha subrayado la presidenta de la Comisión U. Von der Leyen, “debemos proteger al otro para protegernos a nosotros mismos”. Enfermeras polacas y médicos rumanos salvan vidas en Italia, ventiladores alemanes proporcionan oxígeno en España, hospitales en Chequia tratan a enfermos franceses y pacientes de Bérgamo vuelan a clínicas en Alemania, mientras los suministros médicos cruzan entre Lituania y España o Dinamarca e Italia. En el apartado económico, la respuesta europea no tiene parangón histórico por su rapidez, magnitud y equidad, permitiendo una movilización colectiva de más de 3 trillones de euros y abriendo la puerta a un crecimiento y transformación histórica del presupuesto europeo como pilar de la recuperación hacia una Europa más cohesionada, verde y digital.

Como mayor donante del mundo y primer socio comercial de los países en desarrollo, la solidaridad europea alcanza su pleno sentido cuando se despliega globalmente, hacia dentro y hacia fuera de nuestras fronteras. Por eso, la UE ha comprometido 1 billón de euros en subvenciones liderando el esfuerzo global para recaudar fondos para diagnósticos, tratamientos y vacunas contra el Covid-19 seguros, eficaces y accesibles en todas partes. Por eso, la UE está reorientando y acelerando su cooperación para mitigar el impacto de la pandemia en todo el planeta. Y por eso, consideramos que esta crisis de salud pública exige, más que nunca, que los derechos humanos, interdependientes e indivisibles, estén en el corazón de nuestra respuesta. Nicaragua no es una excepción. Desde hace más de tres décadas, la UE ha demostrado su compromiso con el pueblo nicaragüense, sobre todo con los más vulnerables, y lo seguirá haciendo. Desde los lagos al Coco, desde el Cabo hasta el San Juan, he comprobado el impacto de nuestra ayuda. Más que nunca, me siento orgulloso de que la UE lleve agua potable por primera vez a las comunidades de Bilwi o las montañas de Chontales para permitir algo tan simple y necesario como lavarse las manos. O que miles de alumnos de escuelas públicas en zonas desfavorecidas (Centro-Norte y Caribe) reciban comidas escolares financiadas por la UE e implementadas por el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

La lección que inocula este virus es nuestra dependencia mutua como parte de la gran familia de la humanidad. No, no existe mejor vacuna que la que promulgó Schuman hace 70 años: aprender de nuestros errores con humildad, cooperar con pragmatismo y crear solidaridades de hecho para enfrentar la adversidad. Juntos.