Delegación de la Unión Europea en Chile

Cuatro prioridades para una estrategia mundial contra la pandemia por Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea

30/03/2020 - 23:35
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Inicialmente, el mundo se enfrentó a la crisis de COVID-19 de forma descoordinada, con demasiados países ignorando las señales de advertencia y yendo por su cuenta. Ahora está claro que la única manera de salir de esto es juntos.

BRUSELAS - El contraste entre el silencio de las calles y plazas de Europa y la tumultuosa y dolorosa realidad de muchos de sus hospitales es desgarrador. COVID-19 no sólo tiene a Europa, sino a toda la comunidad mundial en sus manos. Ya está claro que la pandemia reformará nuestro mundo. Pero precisamente cómo lo hará dependerá de las decisiones que tomemos hoy.

El coronavirus debería ser visto como el enemigo común del mundo. Aunque no se trata de una guerra, necesitamos una movilización de recursos "como si estuviésemos en guerra".

Pero en tiempos de crisis, nuestro instinto es volvernos hacia adentro, para defendernos. Esta reacción, aunque comprensible, es autodestructiva. El ir solo lo que garantiza es que la lucha dure más tiempo y que los costos humanos y económicos sean mucho más altos. Aunque el enemigo ha desencadenado reflejos nacionalistas, sólo podemos derrotarlo con una coordinación transfronteriza, en Europa y fuera de ella.

Necesitamos un enfoque internacional común para la pandemia y para ayudar a los más vulnerables, sobre todo a aquellos que viven en países en desarrollo y zonas de conflicto. He hecho hincapié en este punto en las recientes conversaciones con los ministros de relaciones exteriores del G7 y en muchas otras reuniones. La Unión Europea debe ser y será parte del esfuerzo.

Ahora es el momento de demostrar que la solidaridad no es una frase vacía. Afortunadamente, eso ya se está demostrando en Europa, donde Francia y Austria están enviando más de tres millones de máscaras a Italia, y donde Alemania está recibiendo y tratando a pacientes de Francia e Italia. Después de una primera fase de decisiones nacionales divergentes, estamos entrando en una fase de convergencia en la que la UE ocupa un lugar central.

Por su parte, la organización está intensificando las decisiones para facilitar la adquisición conjunta de equipos médicos vitales, un estímulo económico conjunto y esfuerzos consulares coordinados para repatriar a los ciudadanos de la UE que se encuentran varados. Tras una reunión virtual del Consejo Europeo, los líderes de la UE han acordado intensificar sus esfuerzos conjuntos, entre otras cosas mediante el desarrollo de un sistema europeo de gestión de crisis y una estrategia compartida para gestionar el coronavirus.

La crisis de COVID-19 no es una batalla entre países o sistemas. En las diferentes etapas de la pandemia, ha habido asistencia recíproca entre Europa, China y otros países, lo que demuestra el mutuo apoyo y la solidaridad. La UE apoyó a China cuando surgió el brote a principios de año, y ahora China está enviando equipos y médicos para ayudar a los países afectados en todo el mundo.

Estos son ejemplos concretos de solidaridad y cooperación global; deben convertirse en la norma. Una forma de pensar acerca del COVID-19 es que está acelerando la historia. Independientemente de los cambios que se produzcan, la UE debe seguir siendo un factor de unificación, promoviendo esfuerzos conjuntos con China y los Estados Unidos para hacer frente a la pandemia y sus consecuencias. Sólo con estas tres potencias tirando en la misma dirección pueden el G20 y las Naciones Unidas hacer una verdadera diferencia.

Más allá de la coordinación internacional entre los gobiernos, también es necesario ampliar la cooperación entre los científicos, los economistas y los encargados de la formulación de políticas. Durante la crisis financiera de 2008, el G20 desempeñó un papel fundamental en el rescate de la economía mundial cuando ésta se encontraba en caída libre. Una vez más, existe la necesidad urgente de un liderazgo mundial en este sentido.

Hay cuatro prioridades principales para la cooperación mundial. En primer lugar, debemos aunar los recursos para producir nuevos tratamientos y una vacuna, que debe considerarse un bien público mundial. En segundo lugar, debemos limitar los daños económicos mediante la coordinación de medidas de estímulo fiscal y monetario y la protección del comercio mundial de bienes. Tercero, debemos planificar la reapertura de las fronteras de forma coordinada siempre que las autoridades sanitarias den luz verde. Por último, debemos cooperar para luchar contra las campañas de desinformación.

El resultado de la reciente cumbre virtual del G20 apunta en esta dirección general. Pero las iniciativas globales y multilaterales tendrán que ser sostenidas y plenamente aplicadas en los próximos días y semanas.

A medida que el virus se propaga por todo el mundo, debemos prestar especial atención a sus crecientes repercusiones en los países frágiles, donde amenaza con exacerbar las crisis de seguridad existentes. En Siria, el Yemen, Gaza y el Afganistán, millones de personas ya han sufrido durante años de conflicto. Imagínense lo que sucedería si el coronavirus apareciera en los campamentos de refugiados de la región, donde los servicios de saneamiento y salud ya están sobrecargados y los trabajadores humanitarios ya tienen dificultades para entregar la ayuda.

Luego está África, que es de suma importancia. Debido a la epidemia del Ébola de 2014-16 y a otros brotes, los países africanos tienen cierta experiencia que le falta a Europa en esta crisis. Sin embargo, los sistemas de atención de la salud en el continente siguen siendo débiles en general, y el número de personas infectadas va en aumento.

En muchos países en desarrollo, un gran número de personas no suele tener más remedio que salir todos los días y ganarse la vida en la economía informal. Peor aún, el lavado de manos y el distanciamiento social pueden ser mucho más difíciles en esos países, porque no siempre se dispone de agua corriente y las familias tienden a vivir en espacios reducidos.

Esta es una lucha que necesitará financiación para poder ganarla. Los países en desarrollo dependen fundamentalmente de tres fuentes de financiación: la inversión extranjera, las remesas y el turismo. Sin embargo, las tres están siendo duramente golpeadas. A nivel mundial, los flujos de capital han disminuido drásticamente, ya que los inversores huyen a refugios seguros y los trabajadores migrantes pierden sus empleos y no pueden enviar dinero a sus hogares.

Nos enfrentamos a una recesión mundial; para evitar un colapso económico en los países en desarrollo, se necesitará un importante apoyo financiero y líneas de crédito, y pronto. La coordinación entre los bancos centrales y las instituciones financieras internacionales es la única forma viable de avanzar.

Por último, en medio de la abrumadora penumbra, existe la posibilidad de poner fin a conflictos de larga duración. Ya ha habido algunos signos positivos de cooperación entre rivales. Los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, por ejemplo, enviaron recientemente ayuda al Irán, que se ha visto especialmente afectado por COVID-19. Nadie puede permitirse el lujo de librar múltiples guerras al mismo tiempo. Como ha instado el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, debemos aprovechar esta crisis como una oportunidad para restablecer la paz.

Al principio, el mundo se enfrentó a la crisis de forma descoordinada, con demasiados países ignorando las señales de alerta y yendo por su cuenta. Ahora está claro que la única forma de salir de ella es juntos.

Josep Borrell

Josep Borrell es el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea.

 

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