Tenía que haber una fórmula mejor. Ahora sabemos que existe, artículo de Catherine Ashton, Alta Representante de la UE para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad y Vicepresidenta de la Comisión Europea (25/04/2013)

Por Catherine Ashton, Alta Representante de la UE para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad y Vicepresidenta de la Comisión Europea

Al igual que en cualquier otra parte de Europa, la historia reciente de los Balcanes occidentales se ha escrito con sangre. Desde su papel en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, pasando por la ocupación y la resistencia en la Segunda Guerra Mundial, el régimen draconiano de los años del comunismo y las batallas y la barbarie que siguieron al desmembramiento de Yugoslavia, las gentes de esta región ya han sufrido bastante.

El viernes pasado, Ivica Dacic y Hashim Thaci decidieron hacer las cosas de otra manera. Después de seis meses de conversaciones directas, los Primeros Ministros de Serbia y de Kosovo acordaron normalizar las relaciones. Establecieron un conjunto de medidas prácticas que deberían ayudar a sus pueblos a acabar con el miedo, reforzar la prosperidad y desempeñar plenamente su papel como miembros de la familia europea

No exageremos. No estamos al final del camino. Se trata más bien de una encrucijada en el camino. Lo que ocurrió la semana pasada es que dos personas valientes eligieron el camino que lleva a la paz.

Este no era el resultado que mucha gente esperaba hace seis meses cuando reuní al Sr. Thaci y al Sr. Dacic en mi despacho de Bruselas. Nunca antes se habían encontrado, por mucho que Belgrado y Pristina estén más cerca que Nueva York de Washington. Yo misma distaba de ser optimista, pero sentí que había que hacer un esfuerzo. Durante años, mi oficina había mediado en discusiones técnicas sobre cuestiones del día a día tales como qué es lo que debería ocurrir precisamente en la frontera entre Serbia y Kosovo. Estas conversaciones habían llegado a un punto en que se necesitaba impulso político, lo que suponía comprometer a los dos primeros ministros. Por suerte, ambos aceptaron que yo presidiera las unas conversaciones directas.

En la tarde del 19 de octubre, entraron en mi despacho del sexto piso de la sede recién inaugurada del Servicio Europeo de Acción Exterior. Estaban comprensiblemente nerviosos. Ninguno de ellos estaba seguro de cómo se recibirían las noticias de la reunión en sus respectivos países. Cuando nuestro fotógrafo tomó una única fotografía de los dos hombres juntos, la retiré de su cámara y la guardé hasta que ambos primeros ministros no tuvieran objeción en que se difundiera.

Su tarea consistió en encontrar la manera de ayudar a un mismo grupo de gente, las decenas de miles de serbios kosovares que viven en el norte de Kosovo. Mucho se ha escrito sobre la historia de la disputa. La cuestión es cómo ponerle fin.

La primera reunión en mi despacho duró solo una hora. Su objetivo era sencillo, no se trataba de resolver los diferendos, sino de saber si el tiempo estaba maduro para un diálogo sostenido. Decidí que lo estaba. Lo que es más importante: ellos también lo hicieron.

Siguieron a ésta otras nueve reuniones. Fueron a veces largas - de hasta 14 horas-, a menudo detalladas, a veces tensas. En diferentes momentos, invité a viceprimeros ministros y a otros representantes de cada una de las partes a participar en las conversaciones. Sabía que no bastaba intentar que los dos primeros ministros firmasen un papel. Solo tomaría cuerpo un acuerdo si lo apoyaban amplias coaliciones tanto en Serbia como en Kosovo.

Al final, ambas partes acabaron por encontrar una base común en relación con el nivel de autonomía del que deberían disfrutar los serbios kosovares. De regreso a Belgrado y a Pristina, su acuerdo fue acogido por todo el espectro político. Mucho queda por hacer para aplicar el acuerdo sobre el terreno. Es improbable que el camino que queda por recorrer sea siempre llano. Con todo, creo que es posible reflexionar sobre las cuatro grandes lecciones que hemos aprendido en los seis últimos meses.

1. Para la obtención de un cambio duradero el coraje de los dirigentes fue determinante. En todo el mundo, la condición normal de la política es la explotación de líneas divisorias y el fomento de las diferencias. La exigencia de la pacificación es que se encuentre un terreno común y se perfile un futuro compartido. En los seis últimos meses, he visto a hombres de Belgrado y de Pristina pasar de ser políticos a ser artífices de la paz. Sabían que asumían riesgos, pero estos no los desanimaron, lo cual les honra.

2. La Europa de hoy – en realidad, buena parte del mundo actual – es una realidad sin contornos nítidos. Tenemos múltiples identidades que no siempre encajan con facilidad en el simple concepto decimonónico del Estado nación. Uno de los grandes desafíos en muchos de los litigios de hoy es reconocer la falta de nitidez y ayudar a personas con identidades distintas a encontrar maneras de compartir el mismo espacio en un espíritu de respeto mutuo. Así tendremos una oportunidad de obtener la auténtica recompensa: la celebración de nuestra gloriosa diversidad.

3. La Unión Europea puede tener una función determinante. Es un gran experimento consistente en hacer que la diversidad obre en beneficio de todos nosotros. Sin duda tiene sus defectos. Hoy se enfrenta a duros desafíos económicos. Pero globalmente funciona. Por ello los pueblos de Europa del Este quisieron incorporarse a ella en cuanto se liberaron de la dominación soviética. Ahora Serbia y Kosovo desean adherirse. Espero que el acuerdo de la semana pasada sea el inicio de un proceso que les permita hacerlo.

4. El poder duro – la potencia económica y a veces la fuerza militar – tiene un lugar, pero el poder blando tiene un gran papel que desempeñar. La UE sigue atrayendo a nuevos miembros no solo porque apoya el comercio, el empleo y la inversión, sino porque defiende valores tales como la libertad y la democracia que inspiran a la gente en el mundo entero. El poder duro invita al cálculo, el poder blando recompensa la imaginación. Lo que mostraron Ivica Dacic y Hashim Thaci cuando acudieron a mi despacho es que tenían el valor de imaginar un futuro mejor para sus pueblos.

Tal es por consiguiente mi esperanza (digo "esperanza" porque no es aún una certidumbre). En el último siglo los Balcanes occidentales han tenido fama de ser cuna de guerras. Que sean a partir de ahora una cuna de la paz.

"Este trabajo fue originalmente publicado por el International Herald Tribune". El link original es el siguiente